viernes, 22 de junio de 2012

Sé qué respiro: La piel que habito


















“El rostro nos identifica. A las víctimas de un incendio, no les basta con salvar su vida. Necesitan tener un rostro, aunque sea de un muerto, rostro con rasgos para poder gesticular” 

               Ser alguien porque poseemos un rostro, un rostro que nos diferencia de los demás, un rostro que nos es propio, que nos identifica, un rostro que nos dice quiénes somos, que nos diferenciada del resto y nos da pertenencia. La cuestión de la identidad puede observarse en esta frase dicha en una conferencia sobre el trasplante del rostro por el personaje Robert Ledgard (Antonio Banderas) en la película La piel que habito (2011), del director español Pedro Almodóvar.  

Robert da a conocer el éxito de sus investigaciones sobre la piel artificial resistente a cualquier picadura de insecto, con las que dice haber experimentado sólo en ratas, aunque sus compañeros sospechan lo contrario y por traspasar los límites de la bioética, cancelan su proyecto. Dichas investigaciones comenzaron tras el accidente previo de su ex esposa que sufrió quemaduras graves, pero no pudo terminar de ayudarla porque ella al turbarse con su propia imagen reflejada en una ventada, se suicidó tirándose por la misma. Siguiendo a Le Bretón, el individuo se identificaría con su propio rostro a la vez que le sigue siendo el más extraño, “aquel que se mira con asombro, aquel cuya pérdida (la desfiguración) conlleva a menudo la destrucción de la identidad personal, la desaparición radical del placer de vivir”. La extrañeza que le generó el tener un rostro en lugar de otro, ver un rostro distinto al que era suyo, fue la causa por la cual quiso quitarse su vida, al no poder soportar su ser en la imagen espejada, por no aceptar esa nueva realidad que se le presentaba. Su suicidio vendría a ser una referencia al mito de Narciso, en el que en vez de enamorarse de su propia imagen y morir, evidenciaría el horror ante su propia imagen y su consecuente muerte.

 La obsesión del cirujano Ledgard por inventar una nueva piel, lo llevaron a experimentar también en Vera (Elena Anaya), una mujer encerrada en su clínica privada, resultado de todas esas investigaciones. En una suerte de flashback, conocemos el pasado de ella, seis años antes, nos damos cuenta que antes era un hombre, un hombre llamado Vicente (Jan Cornet) y que en una fiesta violó a Norma, hija de Ledgard. El cirujano decide vengarse en cómodas cuotas: primero raptándolo y encerrándolo en un cuchitril, aislado en un sótano, encadenado y sólo con un balde de agua, luego haciéndole una cirugía clandestina en la cual le cambia los órganos genitales masculinos a los femeninos, para finalmente, transformar todo su cuerpo al de una mujer.

Vicente luego de su operación, parado en una silla ve su nueva imagen desnuda contemplada en un espejo, ve su cuerpo transformado en algo no deseado. Le Bretón mencionaría esta fragilidad que siente el personaje por su metamorfosis final al decir que “si para el hombre que se interroga por su identidad, su arraigo al cuerpo se le aparece como un misterio, más aún se le escapa el rostro que contempla en el espejo y del cual ve la fragilidad, la metamorfosis a lo largo del tiempo”. El sujeto percibe su cuerpo desde afuera a través de un objeto separado de él: el espejo. El sujeto perdió su identidad, al perder su rostro, ya no es Vicente, ahora es Vera, algo ajeno a sí mismo pero del cual forma parte. Es interesante pensar que tanto Vera como Vicente, que son la misma persona, son interpretadas por distintos actores, esto afirma más aún esta idea. Vicente lleva en su interioridad un rostro de referencia de él mismo que le es propio, que es su rostro original, comparándolo a Vera, un rostro de sus rasgos transformados, pero que es su rostro presente.
El cuerpo en La piel que habito es una construcción, construcción del ser perfecto donde el cuerpo ya no es lugar de lo auténtico, de lo natural, sino simbolizado a través de la piel sintética. Donde el hecho mismo de inventar una piel, es el contorno de la identidad.

La piel que habito es sobre todo la lucha del compromiso que adquiere Vera con su identidad.En cierto sentido, se plantea un proceso inverso al transexual, Vera en vez de buscar acomodar lo físico a su condición interna, es su condición interna la que entra en peligro al ser parte de otro rostro -rostro que ni siquiera le pertenece por ser idéntico al de la ex esposa del cirujano- así como de otro cuerpo, de otra forma de sí mismo. El rostro era para el personaje, el lugar de soberanía donde establecía una relación con el mundo del cual formaba parte, de un estilo propio, de su estilo de vida en el cual es el único poseedor. Al desaparecer su rostro de referencia, marca un momento difícil de conmoción, en el cual la alteridad se impone sobre la familiaridad del mismo, dando lugar a una destrucción del sentimiento de identidad en el personaje. El ocultamiento del propio rostro introduce a Vicente en un desdoblamiento de sí, donde ahora es un rostro extraño, irreconocible, vuelto una máscara.

En la escena en la cual Robert le regala cosméticos a Vera, puede apreciarse la autonomía progresiva de la máscara y el intento de reforzar la identidad de ella como mujer luego de su transformación física, de una identidad nueva que se le impone. Sobre esto Le Bretón menciona que “actuar sobre el rostro para embellecerlo es actuar simultáneamente sobre la identidad para reforzarla. Para ciertas mujeres, el maquillaje es una segunda piel, una especie de ropaje facial que las protege y sin el cual se sienten desnudas y vulnerables” (rostros, pag 191). No sólo desde el maquillaje, también puede apreciarse esto desde el hecho de prohibirle ciertos canales televisivos, entregarle libros de yoga, o regalarle vestidos para así interiorizarlo más con el mundo femenino y lograr que se apropie de éste, que se meta en la piel de Otro.

El film está dado de una forma casi claustrofóbica, ya que transcurre en espacios cerrados, siendo la vulnerabilidad de la piel lo que atraviesa ese espacio.
El título del film da cuenta por sí mismo del lugar central que ocupa nuestra piel. La piel encarna lo que somos, es una identidad que nos acerca o nos aleja de nuestro propio reconocimiento o el de los demás, donde nos hace iguales o diferentes a los otros. Es la piel que admitimos, que nos sorprende o rechazamos, es la piel que se ve, que se toca, que nos recubre, y que en el film Ledgard va modelando en Vera en busca de algo perdido, su esposa, implicando a la vez tanto la venganza como el deseo que ésta genera. Es la piel que se crea, se transforma y se rehace.

Un extraño llama a la puerta, Marilia quien está a cargo de la vigilancia de Vera, ve por la cámara de vigilancia y no logra reconocer de quien se trata en un principio por el ridículo disfraz de tigre de éste. Luego de que el sujeto le enseñe una marca en la piel de su trasero, ella logra reconocerlo, era su hijo Zeca. En esa marca es reconocida su identidad. Su madre lo reconoció sólo luego de ver esta marca. El cuerpo de Zeca es un cuerpo marcado, histórico, personal, individual, es un recorrido biológico y familiar -conocido tanto por él como en su relación maternal-. Su cuerpo remite a la idea del cuerpo de Odiseo, de un cuerpo que habla por sí mismo, que tiene un recorrido histórico. Histórico porque devela historias de su vida, de su pasado, que está cargado de situaciones, experiencias y que es reconocido por otro, testigo de esa marca, marca que es una máscara.

Al contactar con el cuerpo de otro, tanto en referencia a su hijo como al rostro de Vera por parte de ella y Ledgard, no pueden desprenderse de las imágenes que inundan a ese otro, son “las imágenes de la propia historia, sustratos de las identificaciones, que confirman una historia con orígenes y/o genealogías, imágenes que nos imprimieron ternura y también una cierta violencia” (Piera aulagnier, Buchbinder, Poetica del desenmascaramiento).

Si bien Vicente cambió físicamente, rechaza a Vera, se desprende bruscamente de su máscara al notar encima del escritorio un diario con una fotografía suya, en un aviso desesperado de su madre por encontrarlo. Su transformación no le hizo perder su rostro de referencia donde él se sigue reconociendo como tal, es decir, como Vicente. Invadido por el miedo y el rechazo a ser otro que el mismo, termina asesinando a Ledgard y Marilia, y huye para reencontrarse con su familia. El cuerpo puede sufrir grandes cambios, ya sea el rostro, la piel, incluso el sexo pero lo que somos no puede venir impuesto por nadie, Vicente pudo haber cambiado estéticamente, como así su modo de comportamiento pero en el fondo seguía siendo la misma persona.







**Esto que comparto fue escrito por mi como versión previa de una monografía final para la materia Teoría General del Movimiento de mi facultad.


BIBLIOGRAFIA

Le Breton, D “Rostros” ed. Letra Viva 2010 pág. 143 a 153.
Buchbinder, M. 2008 Poética del desenmascaramiento. “Mascaras Hoy Las Máscaras en la cultura,” Te conozco mascarita” Pág. 253 259, Buenos Aires,2 ed Letra Viva.
Buchbinder-Matoso. 1980. Las Máscaras de las Máscaras, Eudeba, Buenos Aires.

3 comentarios:

Nicolás Nunca dijo...

Excelente tu texto.
Te debe ir genial en tu carrera.
Me encantó todo.
El blog, vos, el texto.
Todo.


Mi abrazo.

(algún día quiero escribir así)

Nicolás Nunca dijo...

che...gracias por el comentario!
Bo...cucháme...
cómo es eso de que no te lee nadie?
tenés un montón de seguidores!!!!

Un abrazo bo!

desde el otro lado del charquis.

Nicus

Maru Corner dijo...

Sabes que llegué a tu blog por buscar imágenes de la película, leí tu texto y es precioso!! Es tal como me lo imaginé las 4 veces que la he visto.. y te juro que es una de mis películas favoritas (L) es buenísima!! Te agrego al blog ;D sigue escribiendo *.* saludos! ^^